viernes, 25 de diciembre de 2015

NOQUEAR AL PADRE

Francis Bacon, Autorretrato (1978).

Nervioso, J va oyendo la mezcla de eco y taconeo de cada uno de sus pasos. A pesar de ser las cinco de la madrugada, aún o ya hay coches circulando por las calles. Los habrá cuyos conductores vuelvan —como él mismo— a casa después de deambular horas y horas, no sabiendo en busca de qué, por los bares del casco antiguo, y los habrá que se dirijan recién levantados, un día más, entre bostezos, al trabajo. Piezas válidas y piezas que no encajan, el día y la noche, la cara y la cruz de una moneda. Y J camina calle arriba, preocupado. No lo ha pensado en toda la noche, horas y horas charlando en los bares y no ha querido pensarlo. Seis o siete horas solucionando de boquilla el mundo, conspirando contra lo establecido, jugando a los rebeldes, y ahora que vuelve a casa siente el miedo. Su padre. Seguro que estará esperándole, como siempre. Seguro que le oye entrar. Ya es inútil llegar cinco minutos antes pero J acelera el paso a la vez que se dice así mismo un «¡que diga lo que quiera!», tibiamente envalentonado y sin convicción. Llega al portal y sube las escaleras con cuidado, pensando que le da igual lo que ocurra pero intentando no hacer ruido, como si así pudiera evitar el encuentro. Una vez ante la puerta, finge ante sí entereza, pero la fuerza y la velocidad de sus latidos lo delatan. Introduce la llave muy despacio y la hace girar con suavidad, pero es tanto el silencio nocturno que el clac de la cerradura le perfora la conciencia y se le clava en la espalda como un erizo de púas invertidas. «Ya está, ya me han oído», y sigue con el autoengaño, aterrorizado, y cierra sigilosamente, controlando el terror, antes de encaminarse a tientas y de puntillas hacia su cuarto. Entonces oye los pasos y da un respingo. Se queda tieso, paralizado, en mitad del pasillo. Es su madre. A medida que ella se acerca, J empieza a entrever en la oscuridad el cuerpo adormecido de su progenitora en camisón, su rostro desfigurado por el sueño. «¿Te parece bonito?», le espeta ella con una voz cavernosa, estridente en medio de tanta quietud, una voz poseída, desencajada, como la voz del que habla dormido. Y de detrás de la silueta llegan el clic de un interruptor y la poca luz que deja pasar la puerta entreabierta del dormitorio de los padres. «Contentos nos tienes», insiste la madre. Y J no contesta; le enfurece y al mismo tiempo que le asusta comprobar que sí, que le están esperando. Los dos. Como hienas al acecho. Creyendo que le va a servir de algo, fingiendo una naturalidad ridícula (pero de la que cree estar convencido y a la que se agarra como si fuese lo único cabal en ese instante, igual que un náufrago a un tablón podrido en mitad del océano), pretendiendo enmascarar su pavor tras una indiferencia y una calma falsas, J da la espalda a la madre (que sigue frente a él, ahora más cerca, alcanzando ya a clavarle una mirada recriminatoria), entra en su cuarto y empieza a desnudarse. Y cuando se agacha para desatarse los zapatos nota en la nuca la mirada del padre. Entonces un escalofrío sin espasmo, como un estremecimiento que se expande hasta el último rincón de su cuerpo, una patente forma de pánico físico, le inmoviliza. «Eh, tú —le espeta el progenitor— ¿qué?» Y J no sabe qué decir. Se queda rígido, intimidado, servil. Temeroso, levanta la cara y se encuentra con la del padre, fruncida e iracunda. Detrás, desde el quicio de la puerta, la madre observa la escena. Y J, en un último esfuerzo por mantenerse en sí, intenta articular algo, lo que sea, plantar cara, pero se le apelmaza la lengua y sólo llega a proferir una mezcla de palabras entrecortadas, carentes de significado lógico pero cargadas en lo más profundo de otro tipo de sentido. «¡Te voy a meter una hostia…!», le interrumpe el padre, levantando una mano que significa todo el poder y toda la autoridad. «A ver, a ver, ¿qué tienes que decir?» Pero J ya ha tocado fondo, ya ha encallado y entonces la paradoja que lleva dentro se resuelve y por fin su miedo presente y el recuerdo del miedo de otras veces, la vejación de ese momento junto con las vejaciones anteriores, su frustración continua y su eterna impotencia, todo eso se aúna hasta dar forma a una avalancha de odio que sale a flote volcánicamente, como un chorro de violencia repentina, la misma violencia de la que tantas veces ha sido víctima, la misma violencia que por primera vez está a punto de perpetrar) y fuera de sí o quizás más él mismo que nunca, como un perro rabioso que logra liberarse de las correas después de tanto tiempo atado, J arremete contra la autoridad con un chillido animal y golpea con los puños el rostro estupefacto del padre que choca contra la pared, cae al suelo y allí se queda, inmóvil, aturdido, sin creer aún lo que acaba de ocurrir, fijos los ojos en el vástago que por primera vez le sostiene la mirada de tú a tú, su hijo, J, ese extraño que no puede explicarse lo que acaba de hacer pero que jamás antes se había sentido tan libre y tan solo.


miércoles, 16 de diciembre de 2015

MENUDA PESTE A MANSEDUMBRE

Suena el despertador y en tus pliegues encefálicos la película de anoche trasformada en sueño lúbrico retumba fogonazos y regurgita en tu recuperada conciencia.

A tientas enciendes la violencia de una lámpara. Tras las cortinas las farolas atenúan el alba. Te llega amortiguada la mecánica marea del multitudinario motor de la autopista
cercana.

Se enciende una ventana como un mundo en un bloque de enfrente. Estás solo, sí, pero no eres único. Acudes al espejo, un bostezo, un guiño y reafirmas decidido tu persona contemplándote. Te quitas cuatro granos y esa barba terca.

Te duchas, te masturbas, te uniformas. Café, pan integral, pastillas varias, pantalla, titulares, treinta anuncios y la obligada ración matutina de correo electrónico.

Ausente y cabizbajo escuchas ruido rítmico en tus orejeras estereofónicas mientras el ascensor desciende con otros dos vecinos dentro. Los tres oléis a reses frescas. Menuda peste a mansedumbre.  



sábado, 12 de diciembre de 2015

EL NACIMIENTO DE LOS ÍDOLOS

Decoración de una vasija ática del siglo VI a. C.
Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.


De las llamadas ciencias humanas, siempre he sintonizado especialmente con la perspectiva antropológica. Se ocupa del hombre sin olvidar a la bestia, sin perder de vista que seguimos siendo un animal más:

«La especificidad de la sexualidad humana.— La hembra humana es la única entre los primates que no tiene periodo de celo: no se pone "caliente" durante la ovulación. Durante algo menos de 4 millones de años —momento en que los  biólogos moleculares sitúan la separación entre homínidos y chimpancés— la hembra humana no ha tenido la capacidad de atraer a los machos únicamente durante la época más propicia para concebir. Permanentemente atractiva, permanece receptiva incluso durante el embarazo, toda una anomalía entre los seres vivos. En consecuencia, la preocupación sexual rara vez está del todo ausente en nuestra especie: sólo durante la infancia y la vejez extrema experimentamos largos periodos de calma sexual, que es lo más habitual entre los demás mamíferos. A la rivalidad entre los machos permanentemente excitados se ha de añadir la no menos tenaz rivalidad entre las hembras. Cada una de ellas se esfuerza al máximo por no resultar menos atractiva que aquellas a su alrededor, echando mano de astutos dispositivos con los que paliar, digámoslo así, el irresistible atractivo del celo. Así es como la naturaleza da paso a la cultura.» (Claude Masset, «Prehistoria de la familia», en Historia de la familia, eds. Burguière, Klapisch-Zuber y otros, París, 1986).

¡Y entonces fue —añado yo— cuando brotó la religión! 

Sin haberle dedicado reflexión suficiente al asunto, tiendo como un resorte a sospechar que la religión, al menos en su nacimiento, estaría íntimamente relacionada con la frustración sexual. Me explico: al primer homínido débil o enfermo —y por eso mismo más sensible y pensante— con el que la manada no contó para procrear, a ese infeliz no le quedó más remedio para sobrevivir que la sublimación del instinto. (Además, probablemente, estuviera puesto hasta las trancas de alguna planta alucinógena...) 

De ahí a divinizar la fertilidad femenina no había más que una zancada. El siguiente paso, la divinización del macho, ya no es prehistoria sino historia, como testimonia el culto de los helenos al falo.



sábado, 28 de noviembre de 2015

SEXO Y TRISTEZA


La furgoneta se mueve ligeramente arriba y abajo al compás de las embestidas. Aunque son más de las dos de la noche de un domingo invernal, de cuando en cuando pasa algún que otro transeúnte junto al automóvil. Las ventanillas empañadas, además de hacer de cortinas, confirman lo que el ligero vaivén de la carrocería hace suponer.
—¿Así? —pregunta el chaval, probando a moverse desde otro ángulo y separándose menos a cada sacudida, como queriendo que sus entrepiernas no dejen de estar en contacto ni una décima de segundo.
—Sí —miente ella, disimulando el dolor en la penumbra—, así está bien.
—¿Así te gusta? ¿De verdad?
—Sí, mi amor, sí.
Están en los asientos traseros. Ella debajo, medio desnuda y despatarrada, inerte, la cabeza le choca contra una de las puertas laterales con cada vaivén y con las manos amortigua los golpes, y él encima, encabritado, sudoroso y jadeante, los brazos en tensión, como dos pilares, contrayendo y endureciendo el culo a cada ida y relajándolo a cada venida.
—Te gusta así, ¿verdad? ¿Verdad que te gusta? —insiste él, acelerando el ritmo.
—Sí. Sí... Así.
—Tócame, tócame —gruñe él.
—Sí… Así… Ay… Así… —sigue correspondiendo ella. Y le agarra de las nalgas.
—¡Agj! ¡Agj! —los ojos cerrados, una mueca de éxtasis desfigurándole el rostro.
—Sí, sí —ella, con algo más de énfasis—, así… Sí… Sí…
—¡Aaaaagj! —sentencia el chico.
Y baja. Y se besan. Y se desploma sobre ella.
Al poco se separan. Ella le quita inmediatamente el preservativo y comprueba que no  tenga fugas. Él se queda tranquilo, satisfecho, desperezado, los ojos cerrados y los pantalones por las rodillas, jadeante como un animal, y se enciende un cigarrillo. Ella alcanza su bolso del asiento delantero, saca un pañuelo de papel y se limpia ocultando su asco, luego abre la ventanilla y lo tira. A continuación se sube las bragas, se baja la minifalda, se coloca un poco la blusa y se atusa con un retoque el matojo de pelo revuelto.
—Quita —le dice al chico.
Él da una calada y exhala el humo hacia el techo de la furgoneta antes de hacerle caso. Echa las piernas a un lado y deja que la chica pase al asiento delantero. Después vuelve a ponerse cómodo y da una nueva calada, y otra más, y al final lanza la colilla por la ventana.
—Así que te ha gustado ¿eh? —dice el chaval, empezando a subirse los calzoncillos.
Ella no dice nada, sigue pintándose los labios en el espejo retrovisor.
—¿No contestas? —apretándose el cinturón.
—Sí, sí, ha estado bien. —Se relame a sí misma, guardando el pintalabios. Después mira al frente y dice: — ¿Nos vamos?
El chaval pasa al volante y arranca la furgoneta mirando a la chica.
—¿Qué te pasa?
—No —dice ella—, nada. Que ya es tarde y ya sabes cómo es mi padre.
—Sí.
Por fin, da marcha atrás y —describiendo un cuarto de círculo— la furgoneta sale de la hilera de utilitarios aparcados en batería, frena, parece inmóvil un instante y luego vuelve a ponerse en movimiento en sentido contrario, hasta abandonar esa calle.
A los pocos segundos un inquilino de esa manzana que lleva ya rato buscando aparcamiento, llega, frena y ocupa el hueco.

  
  

domingo, 8 de noviembre de 2015

NEUTRALIDAD Y RIQUEZA




Déjate de correos electrónicos y de telegramas telefónicos y escríbeme una carta de las de antes, que el correo suizo funciona como sus proverbiales relojes. Todo lo que sean números (horarios, cuentas, dividendos, tantos por ciento, intereses, etc.) lo perpetran los helvetios con acerada precisión. El impersonal mundo de las cifras se les da de maravilla; no así el personal, prácticamente incapaces de entender las relaciones afectivas salvo en términos contractuales. 

El grueso de la sociedad suiza es una tribu de reaccionarios con las necesidades básicas tan cubiertas como las otras, esas otras necesidades valga la paradoja contingentes, artificiales y consumistas de nuestros días. Es ésta una sociedad adinerada y neutra, anímicamente gris, creativamente roma y castrada, vitalmente fofa, apoltronada en su aislado bienestar, que funciona economicamente a las mil maravillas a costa del dinero sucio del resto del planeta. La «más avanzada democracia» (eso se dicen a sí mismos muy ufanos, y medio planeta lo repite con ellos) funciona gracias a las malas democracias mundiales.

Hoy día hasta el apuntador sabe que gran parte de los impuestos que los canallas del mundo no pagan en sus respectivos países terminan generando riqueza aquí, aunque a nivel popular no sean más que las migajas indirectas caídas de los banquetes de la banca suiza, pero esas migas son lo bastante nutritivas entre otras cosas y por ejemplo para que un meteco como yo pueda vivir aquí mejor de lo que podría hacerlo en su propio país. 

Para ser neutral y que tus vecinos te respeten hace falta tanto ofrecerles paraísos fiscales como contar con un ejército de campeonato. Como dice Dürrenmatt, la neutralidad suiza es una estrategia, una pingüe y segura estrategia: no alinearse con nadie te permite aprovecharte de todos, gane quien gane y pierda quien pierda, sople el viento que sople. 

Y lo que hoy hacen con los paraísos fiscales se parece en el fondo a lo que vinieron haciendo anteriormente, durante siglos, cuando la mayor fuente de sus ingresos procedía de la guerra ajena y se ganaban la vida como mercenarios, para el Vaticano, para tirios o troyanos, matando a sueldo a las órdenes del mejor postor. (A este respecto, he leído que se dieron repetidos casos en los que un suizo cobraba por matar en un bando y su hermano lo hacía en el contrario.) Bien mirado, ser mercenario o ser neutral comparten un rasgo esencial: ideológicamente te da igual ocho que ochenta, lo único que te preocupa es llenarte bien llenos los bolsillos.

Pero los tiempos duros tocaron a su fin para los suizos hace largas décadas. No por casualidad les sopla el viento en popa a toda vela desde las guerras mundiales. A diferencia de lo que hacían como mercenarios, enriquecerse a costa del robo ajeno mediante su banca no les emporca materialmente las manos, aunque sí les emponzoñe el espíritu. 

Si el suizo medio es lo que se suele decir «buena gente», Suiza es un país desalmado. Aunque sería más exacto decir especialmente desalmado, porque, al fin y al cabo, ¿qué país no lo es? Podrá haber ciudadanos morales, pero no países; podrá haber algún ejemplar de homo sapiens con pruritos morales, pero no su especie. 

lunes, 19 de octubre de 2015

SENDOS PELIGROS


Hombre de Vitruvio, Leonardo da Vinci (ca. 1490).

La ciencia y el arte actuales se tiñen respectivamente de religión y de mística. Tanto la una como el otro harían mejor en ceñirse a aquello que ya logran realmente, y en ahondar en ello, en lugar de pretender sobrepasar sus propias e inherentes limitaciones. 

Su verdadera victoria es nuestro aumento de fuerza: el arte nos desata mentalmente, la ciencia nos proyecta en la materia y ambos ensanchan y acendran nuestra conciencia. 

Pero una cosa es aumentar nuestra fuerza (o nuestra sensación de fuerza, que en buena medida viene a ser lo mismo) y otra bien distinta consolarnos de nuestra debilidad mediante sobadas mentirijillas.  





lunes, 12 de octubre de 2015

THE SHOW MUST GO ON!


Jack Nicholson como "The Joker" en Batman, dirigida por Jack Napier en 1989.

«Ningún gran artista ve jamás las cosas como son. Si lo hiciera, dejaría de ser un artista.» Eso decía Wilde. (Me pregunto qué pensaría de los actuales periodistas…) 

Y Nietzsche hila aún más fino: «Los artistas no deben ver las cosas tal como son, sino de manera más total, más simple, más consistente.» Sí, se dirá, pero las cosas no son ni totales ni simples ni consistentes… 

Y Nietzsche eso también lo sabía: «Si no poseyéramos el arte nos mataría la verdad». Sigamos, pues, con la farsa.

Dicho en ripios pareados:  

 No teniendo elección, 
¡pues que siga la función!



 

lunes, 28 de septiembre de 2015

EL ÚNICO ANIMAL QUE PRODUCE BASURA



Ya se sabe (¡y quiero creer, ay, que se debe únicamente a nuestra mentalidad actual, y no a una supuesta naturaleza o condición humana inalterable!) que «a nadie importa lo que no es de nadie». 

¿Será cierto que los humanos necesitamos creernos propietarios exclusivos de algo para cuidarlo? Sin vallas o cercones, sin muros o fronteras, ¿quién cuida, cultiva o se siente parte de un terruño? A menos que te contrate un ayuntamiento, lo común no lo limpia nadie. 

Ya se sabe que los océanos están infectados de basura, especialmente de residuos plásticos microscópicos que terminan en las panzas de los peces que nos comemos.

Ya se sabe que el aire que respiramos, que aún es gratis de milagro, es cada día más tóxico, especialmente en las grandes ciudades.

¿Y por qué iba a ser distinto en el espacio? A tenor de los siguientes datos, imaginad lo que podríamos hacer con la galaxia:

«En 2015, la masa total de basura espacial en órbita supera las 6.000 toneladas; la red estadounidense de vigilancia de basura espacial está actualmente siguiendo más de 22.000 objetos de tamaño mayor a 10 centímetros; los datos indican que hay unas 500.000 piezas de basura mayores que un centímetro y más de 100 millones de tamaño superior a un milímetro, recuerda el informe de la NASA. [...] Las medidas que se vienen adoptando hasta ahora resultan insuficientes para evitar el aumento de la basura espacial en el futuro.» (El País, 12-V-2015). 

lunes, 21 de septiembre de 2015

CAFÉ CON PORRAS



Pedí uno con leche y un par de porras. En la barra había un ejemplar de El País y empecé a hojearlo. La misma basura de siempre, variaciones sobre un tema único, el recuento diario de los desvaríos del mamífero vertical: la caída en picado de economías, algo de terrorismo, estatal o privado, el presidente y su sonrisa, escándalo en las altas esferas, famosos, payasadas, millones por meter goles, empapó una de las porras en el café, tres cuartos de la población mundial con hambre para que el resto tuviera elevalunas eléctrico en el coche y suficiente tiempo libre para ser idiotizados hasta las uñas, los 225 hombres más ricos del mundo poseían más capital que los 2.500 millones de pobres, volvió a empapar la porra, el orden del caos, el equilibrio del desequilibrio, la condición humana sin tapujos, con cuentos chinos a otra parte, sin olvidar las violaciones de rigor, las salvajadas de turno, como ese hombre que había machacado a golpes y finalmente apuñalado a su mujer tras diez años propinándole palizas semanalmente, otra página, otra porra, exposiciones, presentaciones, felaciones, estreno en Gran Vía, una top model había publicado sus memorias y 100.000 personas habían comprado el libro, el último pedazo de porra, un intelectual que no había pensado en toda su vida y redactaba mil páginas al año aseguraba que «a estas alturas es vergonzoso hablar por hablar», y en eso estuve de acuerdo, más carnaza, más sensanción, más morralla, un descerebrado había recibido un importantísimo premio musical y sus más acérrimos seguidores habían aplaudido mucho, un nuevo cohete subiría al cielo, muy pronto... Y aún me faltaba hojear las páginas finales, las de la programación televisiva, pero yo no veía la caja tonta. Así que sorbí el poco café que quedaba en la taza, arranqué el crucigrama para el viaje en metro y cerré aquel catálogo del delirio. 

Las porras, por cierto, estaban de muerte.

(Escrito a mediados de los años noventa. Las cosas «oficiales» no han cambiado tanto: podría ser el periódico de hoy mismo.)

lunes, 14 de septiembre de 2015

YA TODOS SOMOS NADIE


Para bien y para mal, ya no hay auténticos ídolos, dominantes y duraderos, respetados incondicionalmente y conocidos profundamente por sus supuestos fieles. El nietzscheano ocaso de los ídolos es hoy más cierto de lo que él probablemente llegara a imaginar. Para bien y para mal.

Ya no es que la gente se crea a la altura de nadie, sino que no sabe qué son las alturas; es decir: que no cree que haya nadie más elevado que ella misma. Incapaz de concebir la existencia de no semejantes (en un sentido positivo; en el negativo, el cantar no es tan extremo), el primermundista contemporáneo no puede ni imaginar que alguien pueda llegar donde él no llega, que alguien tenga más mérito. La igualación niega la excelencia.

Es atroz. Peor que cualquier otro tipo de nivelación jamás habido en la historia, y algunos ha habido. O todos o ninguno, se piensa.

Ya todos somos nadie.


 


lunes, 7 de septiembre de 2015

NUESTRO PANTEÓN NOS REPRESENTA



La tecnología tiene trazos de estar convirtiéndose en religión. Santos y milagros no van a faltar. Nos quitamos una divinidad muerta de encima (primero el barbas bíblico y después la ciega fe en la razón nuestra) y no dejan de brotar nuevos e inimaginables candidatos a ocupar la vacante poltrona del Olimpo: el culto al Propio Cuerpo o al Rey del Rocanrol, el Fútbol Club de Siempre o la Ciberacción, el Progreso Acéfalo, la Fama, la Moda, la Vida Sana, las Sacras Divisas (¡oh ¥€$!), el Santísimo Libre Capital, el Mercado Santo, la Cirugía Plástica o Curativa, la Medicación Trascendental… ¿Para qué seguir con el recuento? No hay, efectivamente, color: tenemos los diosecillos que merecemos. 



 

martes, 1 de septiembre de 2015

LA PESADILLA DEL RINOCERONTE



De Codex Seraphinianus.


Pesadilla recurrente del basto rinoceronte es el estilizado unicornio, al que desearía embestir, apisonar y destripar salvajemente, como corresponde a su naturaleza de ceratomorfo perisodáctilo.

lunes, 24 de agosto de 2015

EL OPIO DEL ESCRITOR


«Mierda de artista», Piero Manzoni (1961).

La religión nos consuela de nuestra certeza de la muerte, de la impotencia y de la pérdida. La ciencia a su vez nos convence de que en última instancia hay un sentido universal. Ambas manifestaciones culturales son útiles para la especie porque pretenden transcenderla, darle un más allá. 

El arte, en cambio, en el mejor de los casos, nos seduce sin más, sin cebos o caramelitos. El arte a veces, sólo a veces nos seduce sin falsas promesas. 

Pero otras muchas —Gil de Biedma dixit— nos convierte en presas de esa «antigua inclinación humana / por confundir belleza con significación». Gingsberg —valga como portavoz de otros muchos— decía lo mismo pero sin la menor pizca de ironía (ese imprescindible condimento mental): «El objetivo del arte es sacralizar la vida». 

He ahí, pues, otra forma de entregarse al consuelo y la trascendencia, que son los puntos de mira de la ciencia y la religión. 

El verdadero arte (es decir, el que a mí me interesa) consiste —lo dijo bien Bolaño— en «encarar y dar fe de aquello que nos aterroriza». 

El arte es útil pero no sirve a nadie.


lunes, 17 de agosto de 2015

HISTORIETA UNIVERSAL DE LA INFAMIA


Borges echando una humana meada en 1973, el año de mi nacimiento. Necesitamos más documentos que lo humanicen, que le den cuerpo. La magnífica foto fue tomada por un canalla llamado Rogelio Cuéllar. 



lunes, 10 de agosto de 2015

EL ANIMAL QUE SE CREE LIBRE


 
¿Qué termina al morir un individuo? En términos globales, prácticamente nada: una conciencia más, otra identidad. Pero ese «prácticamente nada» lo es absolutamente todo para el individuo.

Y si conciencia e identidad individuales son lo único que realmente desaparece con la muerte, entonces, de acuerdo con la física clásica, éstas no eran ni energía ni materia. Así, hasta bien entrado el siglo XX, a pesar del azote de la ciencia, aún podíamos seguir teniendo alma, ese milagro repetido de ser uno mismo (y un milagro es por definición lo que ocurre más allá de las leyes físicas).

Pero la física cuántica lleva ya tiempo dando una respuesta no sobrenatural a la aparición y desaparición de partículas. Y la cosmología parece ir en la misma dirección: Un universo de la nada, reza el título de un libro de divulgación sobre el big bang o —como Octavio Paz prefiriera decir— el gran pum. Y si todo un universo puede surgir de la nada, ¿cómo no lo harán sus partes? Y también: si un universo ha surgido de la nada, ¿resurgirá la nada de un universo? Fascinantes preguntas donde la física y la metafísica vuelven a darse la mano, como les ocurriera a los primeros pensadores.

Sea como sea, resulta tentador imaginar que así como las partículas elementales escapan al determinismo absoluto (tal y como afirma el principio de indeterminación o incertidumbre de Heisenberg), conciencia e identidad pudieran ser una emanación o propiedad de la materia y la energía, mediante la que ciertos organismos vivos cuentan con un mínimo grado de indeterminación (¿de «autonomía»? ¿de «libertad»?) frente a las estrictas leyes físicas del mundo no subatómico.

Somos el animal que se cree libre.

jueves, 30 de julio de 2015

ECCE MONTAIGNE


Detalle de Montaigne con sombrero. Anónimo.

Leyendo a Montaigne estos días. Bueno, para ser más exactos, una selección bien desbrozada a cargo de André Gide (Páginas inmortales, Tusquets). La traducción no termina de sonar bien, pero no por eso deja de ser efectiva. 

Leo a este hombre, a este Alonso Quijano con medios y cordura, y percibo su aliento, su calor corporal, su olorcillo. Qué delicia escucharle hablar por escrito, vanidosa a la par que humildemente, de sí mismo, sin solemnidad pero a fondo, una tarde cualquiera de hace cuatrocientos años, junto a la chimenea de su castillo, consciente de su buena suerte y de tantísima miseria humana, tras haber comido a placer, como si fuera hoy mismo. 

Fue el primero que escribió conscientemente sin la máscara de los temas; su único tema, decía, era él mismo. 

Eccehomismo literario en sus orígenes.


miércoles, 29 de julio de 2015

EL MIEDO A LA LIBERTAD



1. No somos pocos los que detestamos este sistema y vemos al final del túnel la peor de las pesadillas orwellianas. Los hay incluso que intentan combatir la situación. No sé si lograrán algo bueno, pero no seré yo (que no muevo un dedo por nada que no me incumba directa e inmediatamente ni por nadie a quien no conozca personalmente), no seré yo —decía— quien les critique antes de empezar. Europa se encuentra hoy en una encrucijada del copón: dejar de ser el timón del mundo y seguir los nuevos modelos de sociedad no occidentales (que en realidad son adaptaciones no europeas de modelos europeos) o reinventarse y volver a «dar buen ejemplo». Esa es la verdadera batalla política que está teniendo lugar hoy en la Unión Europea. La única salvación reside en la capacidad de esos nuevos aspirantes al poder para llevarse el gato al agua y hacerse con las mayorías. En caso de hacerse con el poder político (que, como sabemos, cada vez es más débil frente a los demás poderes), lo que luego harían quién lo puede saber. Pero en principio, a juzgar por lo que dicen los más capacitados de ellos, parece que con frenar esta locomotora loca y desbocada en la que estamos todos subidos en frenético avance hacia el abismo se darían con un canto en los dientes.

2. La masa merece ser tratada como tal; nadie merece más respeto del que se tiene a sí mismo. Y la élite resulta repugnante, a pesar de su talento para ascender o mantenerse en la cúspide de la pirámide social. Por suerte, hay además algunos individuos que ni son ni quieren ser élite o masa, gente que ni desprecia ni envidia, ni reniega ni adora, al menos no excesivamente; pero son los que menos ruido hacen, y a menos que uno tenga suerte y la antena bien sintonizada ni los ve. Entre los casos conocidos, pienso en Camus, que cada día que pasa me parece más admirable; entre los don nadies, yo he conocido en lo que llevo de vida a media docena de ejemplares humanos dignos de admiración y respeto profundos. Son gente que no entiende las relaciones personales jerárquicamente o como «juegos de poder», gente que no afianza la buena opinión que tiene de sí misma comparativamente.

3. No todos somos sadomasoquistas o —para ser más exactos— no todos cedemos a la tentación de convertirnos en monstruos. En este sentido, como en tantos, me aferro a Sartre: en última instancia somos responsables de aquello en lo que nos terminamos convirtiendo, somos lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros. Sin eso, apaga y vámonos de cabeza a la mala fe. No abundan los individuos dispuestos a tener iguales, ya se sabe que lo bueno nunca abunda, pero haberlos los hay. Pero los borregos, eso está más claro que el espacio sideral, son rotunda mayoría y necesitan tanto a depredadores con los que justificar su gregarismo y cobardía como a pastores que les hagan sentirse seguros. Y quien desea ser amo depende tanto del siervo como éste de aquél. Recuerdo leer hace poco una página de Hegel que sí entendí: todo amo —venía a decir— es esclavo de sus siervos.
 
4. En el miedo a la libertad, que dijera Fromm, reside el quid de la cuestión. Lo traduciré a mis propios términos: el miedo a la muerte (en su sentido más amplio: anormalidad, soledad, exclusión, marginación, pobreza) nos esclaviza. Quien no esté dispuesto a dejar de vivir ahora mismo está encadenado. La vida es hermosa porque acaba; y tan pronto como uno teme su acabamiento, le sustrae toda belleza profunda. Nuestra actitud ante la consciencia de la muerte nos hace libres o esclavos. 


domingo, 12 de julio de 2015

PRÓXIMAMENTE EN TODAS SUS PANTALLAS



Hablemos del amor de pareja. Sin vellos en la lengua. Todo lo que no sea mero amor físico, es decir, animal; todo lo que vaya más allá de cuanto sienten un macho por montar a una hembra y una hembra por ser montada; todo cuanto no sea instinto «limpio» o pulsión parece un práctico constructo cultural nacido hace milenios con el fin de sublimar y ocultar la verdadera procedencia del supuesto amor humano o no animal, lo llamaran platónico o cortés, lo llamemos flechazo o media naranja. 

Las raíces de la patraña están, primeramente, en la necesidad de unión y de prole para la aseguración de la supervivencia y, acto seguido, con suerte, en la necesidad de preservación del patrimonio y de perseverar como clan. Desde entonces la idea del amor de pareja ha sido pulida, ampliada y diversificada hasta el paroxismo por prácticamente toda forma de arte. 

Pero si somos humildes y orgullosos a un mismo tiempo —esto es: si no nos avergonzamos de nosotros mismos, de nuestra animalidad— la conclusión, a mi juicio y en mi experiencia, es clara y rotunda: el amor es la atracción que sienten los cuerpos entre sí. Y para de contar. Y todo lo demás, efectivamente, es literatura. 

El verdadero problema, creo yo, es el de la convivencia. Y esa inconveniencia la tendríamos en cualquiera de los casos, compartiéramos economía y vivienda con un amigo o un hermano, con un conocido o un desconocido, en lugar de con una pareja. Convivir y compartir finanzas, con quien sea, acarrea problemas, se retoce en el mismo lecho o no. 

Resumiendo. El problema no es el amor, como bien demuestran los animales, sino su institucionalización, la vida en pareja. 

El amor (el amor celular) empezó siendo la inmolación de un ser para que dos nuevos seres nacieran. Millones de años después, cuando la vida se hizo más compleja y empezó a reproducirse sexualmente, se convirtió en la inmolación de dos seres para que uno nuevo naciera. 

Tras los primeros embistes culturales, a aquel amor sexual en estado puro se le unió lo que fuera que sintieran entre sí los cromañones que compartían cueva y caza, algo que no debió de ser tan distinto de lo que hoy sienten quienes comparten lecho, facturas y manutención. 

¿Y todo lo demás? Pueden verlo continuamente en todas sus pantallas.




lunes, 6 de julio de 2015

ASCUAS EN LA NOCHE




Los astrofísicos, avalados por las crecientes observaciones, estiman que el universo visible se expande y seguirá expandiendo indefinidamente a causa de lo que ellos llaman energía oscura. También creen que la llamada materia oscura es la responsable de que las galaxias conserven su tamaño a pesar de la expansión del universo.  

Y estimo yo: ¿Qué nos impide creen que, en realidad y a juzgar por esas mismas observaciones, es todo lo contrario lo que ocurre? ¿Qué nos impide pensar que es el universo visible la extensión del espacio lo que conserva su tamaño, al tiempo que las galaxias y con ellas todas sus partículas es decir, toda la materia visible— se contraen indefinidamente? 

Tan inconcebible es el infinito hacia lo ínfimo como el infinito hacia lo inmenso, me parece a mí. 

Y además es tan hermosa la metáfora del combustible... El símil del ascua que disminuye lentamente de volumen a la vez que pierde energía bajo la noche extensísima. 

Imaginemos, pues, una fatal e interminable caída hacia nuestros adentros. Dejémonos raptar por las palabras e imaginemos un infinito colapso sobre nosotros mismos.  

Siendo como somos pedazos de un planeta, imaginemos nuestra conjunta pero individual metamorfosis en agujero negro. 



martes, 30 de junio de 2015

Mensaje interestelar.

P A L A B R A S    A    L A    O S C U R I D A D

—Recreación de «Mensaje interestelar de las sondas Voyager»
 de Carl Sagan y Ann Druyan

En los anales de la exploración los logros de las sondas Voyager carecen de precedente. Los irrisorios viajes de Colón y Magallanes dieron cuenta de decenas de miles de kilómetros sobre la superficie acuosa de un mundo minúsculo. Las Voyagers 1 y 2 han recorrido miles de millones de kilómetros de océano espacial, explorando en su camino docenas de nuevos mundos y revolucionando nuestro conocimiento del sistema solar en que vivimos. Y como colofón al extraordinario diseño de la misión, estas sondas robóticas han dejado de estar sujetas a la gravedad del Sol. Han dejado atrás los planetas más exteriores y se dirigen hacia el helado y oscuro cuasi vacío que constituye el espacio interestelar. Nada las puede parar. Es poco probable que sus radiotransmisores funcionen más allá del año 2020. A partir de entonces, errarán en silencio y para siempre por el reino de las estrellas.

A saber quién andará por ahí. Tal vez el resto de la Vía Láctea se componga de mundos yermos y desolados que giran en torno a cientos de miles de millones de estrellas. O puede que la galaxia esté repleta de formas de vida, inteligencia y tecnología más alejadas de nuestro alcance de lo que las Voyagers lo estuvieron del de Colón y Magallanes. Algún día—tal vez dentro de millones de años— una de estas fantasmales y derrelictas sondas podría ser detectada y capturada por los representantes de alguna cultura interestelar enormemente avanzada. Se preguntarán quiénes la construyeron.

Si pudieras enviarles un mensaje extenso a esos seres extraterrestres —palabras, imágenes, sonidos, música—, ¿qué les dirías y qué no? ¿Cómo nos describirías? ¿Podrías comunicarte inteligiblemente con seres tan distintos, evolucionados de modo totalmente independiente? Eso será cuanto sabrán de nosotros los extraterrestres, si es que la astronave —actualmente la máquina más rápida y remota jamás lanzada por la especie humana— se encuentra un día a alguien más en las profundidades del espacio.

Dentro de miles de millones de años, cuando todo cuanto hayamos hecho sobre la faz de este planeta haya quedado hace mucho tiempo reducido a polvo, cuando los continentes hayan cambiado hasta resultar irreconocibles y nuestra especie haya variado más de lo concebible o se haya extinguido, estas palabras a la oscuridad, estos murmullos de la Tierra seguirán hablando por nosotros.

jueves, 25 de junio de 2015

La pequeña muerte (II).

¿ U N Á N I M E    Y    L I B R E ?
Leda y el cisne (1864), Auguste Clésinger.


¿Qué nos impide fornicar más? El uno mismo, diría yo, la incapacidad de enajenación. «Todos los hombres —Borges dixit—, en el vertiginoso momento del coito, son el mismo hombre». 

Pero uno lo quiere todo: seguir siendo uno mismísimo y, sin embargo, disgregarse, perderse en otro. Y la unión plena, sea en la cama o en una alianza militar, pasa por la anulación de la individualidad de las partes que la conforman. «¿Unánime y libre?», se preguntaba Paco Miranda Terrer. Imposible. A menos que consideremos la enajenación sexual una liberación. 

El verdadero deseo es impersonal, tanto en lo que se refiere al objeto deseado como al deseante sujeto. Tal y como uno no decide tener hambre (patologías aparte) y simplemente la tiene antes de elegir alimento, del mismo modo el apetito sexual es involuntario y anterior a la elección de compañero de cama. Pero rara vez se siente uno colmado. Ensimismados, narcisos y onanistas, nadie nos parece a la altura; uno se olvida, en cambio, de sí mismo, de los propios gustos y expectativas, de quien se es, y todo fluye. Bien mirado, el sexo y el afecto con afán de protagonismo parecen una contradicción en los términos. 

La única excepción a esta regla sería alcanzar la categoría de mito o leyenda viva, de diosecillo de algún olimpo o del show business. (Y entonces lo que uno recibiría sería simple y repugnante adoración, si no prostitución sin horario y en exclusiva.) Pero los dioses no fornican con iguales; para los dioses el común de los mortales es poco más que un bichejo. De ahí que hayan sido tan proclives a bestializarse a sí mismos con el fin de permitirse joder con nosotros. Casi cabría decir que el sexo divino es zoofílico por definición: Yavé se desdobló en padre y en paloma para engendrar un hijo; Zeus se metamorfoseó en toro para yacer con una jovencita llamada Europa; y sabido es que los Pastores montan y cabalgan a sus mansos rebaños. Y de ahí, del endiosamiento previo de uno mismo, la necesidad de divinizar el objeto o destinatario del impersonal deseo. El cristianismo virginizó y divinizó a María porque ¿cómo iba el único y verdadero dios a cohabitar con una vulgar mortal, con una mera criaturita? 

Los diosecillos y señores complican el asunto del fornicio porque en esencia fornicar es un acto eminentemente plebeyo, tan vulgar y común que hasta los animales lo practican. Por eso el caballero necesita idealizar a su dama (al fin y al cabo una hembra más cuando está en cueros y con la vagina húmeda, pero, eso sí, ideal hasta la idiocia) y se inventa el amor cortés, pues cohabitar con una simple mujer sería rebajarse al nivel de la muchedumbre. ¿Pero quién, precisamente, fornica mejor que los anónimos integrantes de la turba, esa legión de don nadies?

El teorema es simple: a más ego, menos nosotros. Y el sexo y el amor son cosa —sueno perogrullesco, lo sé— de por lo menos dos.  

Baudelaire (en Mi corazón al desnudo) es capaz de decir todo esto en dos líneas:

Sólo la bestia jode bien y la fornicación es el lirismo del pueblo.

Joder es aspirar a entrar en otro, y el artista jamás sale de sí mismo.