domingo, 5 de marzo de 2017

NON SERVIAM!

Pintura rupestre de la Cueva Morella (Castellón).

Sólo nuestro narcisismo intelectual podía llevarnos a afirmar que la naturaleza imita al arte, previo paso por la afirmación contraria, igual de falaz y narcisa: el arte imita a la naturaleza. 

Es la cultura (los humanos que la conforman), y no la naturaleza, la que imita al arte. 

El arte, al hacernos primero mirar y después ver el mundo y a nosotros mismos bajo una luz distinta, nos propone modos de ser. Pero lo que cambia primeramente no es el mundo sino nuestro modo de concebirlo; es decir: nosotros mismos. El mundo, a efectos prácticos, no es ni más ni menos que nuestra concepción de la realidad.  

El arte parasita o transforma la cultura en la que se gesta, tal y como la mala hierba obstaculiza o imposibilita en sus inmediaciones el florecimiento de vida productiva, tal y como el árbol altera y reanima la tierra que lo sustenta.  

La incidencia social del arte casi siempre se debe a una de sus más claras características: su poder de seducción. (No otra cosa ocurre con la propaganda o la publicidad, que carecen en cambio de los atributos positivos del arte, valga como ejemplo su inservilidad.) 

Al igual que en los demás ámbitos humanos, el hombre en tanto que animal cultural sigue al hombre en tanto que animal creador. Muchos hombres, pues, siguen a algunos: en el ámbito social, a los verdaderos detentadores del poder o a sus representantes, sean de la calaña que sean; y en el privado, a los artistas, independientemente de su ralea. 

Toda obra de arte, incluidas aquellas al servicio del status quo, propone un modo de ser. A veces las propuestas son inauditas. Con el tiempo, algunas (en un tanto por ciento variable dependiente de factores tanto intrínsecos como extrínsecos a ellas) se asientan, se colectivizan y terminan fosilizando como nuevos componentes culturales, hasta que con el tiempo son a su vez desbancadas por nuevas propuestas. 

En principio esto no tiene nada de reprobable. El problema reside en la selección y promoción de obras, de modelos, de realidades posibles. El poder siempre apoya y pone a su servicio los discursos que le favorecen; el siglo XXI no es una excepción. Pero la característica más honrosa del arte sigue siendo no servir

El arte se crea y se destruye a sí mismo incesantemente, transformando, de paso, su entorno. Cuando deja de hacerlo, la actividad artística degenera, anunciando con ello el ocaso de la cultura a la que pertenece (y a la que en cierta mínima medida modela); pasando así a servir a los fines de ésta, y no a los suyos propios. 

A saber: el cuestionamiento y la regeneración permanentes de nuestra visión de mundo.  

sábado, 11 de febrero de 2017

LA MÁS SERIA EMBESTIDA AL EGO




Carente de experiencia, imagino la paternidad como un modo de quedarse más o menos y definitivamente tranquilo y ocupado. 

Me imagino que un hijo debe de proporcionar una dosis considerable de fuerza, de paraqué y sentido. 

Un hijo tal vez sea en realidad la única razón válida para amar en carne y hueso el mundo. 

Un hijo es la mayor ligazón posible a la Tierra, a la materia. 

Un hijo es la más grande responsabilidad a la vez que la mayor de las satisfacciones. 

Un hijo puede ser tanto una salvación definitiva  como una cadena perpetua. 

Un hijo es una amputación a la vez que la prolongación de nosotros mismos. 

Un hijo es la manera más radical de no tratar a otro humano como un igual, ya que éste es siempre para sus progenitores más o menos que ellos mismos. 

Un hijo es un querido incordio y el más efectivo de los antídotos contra la soledad y el vacío existencial. 

Un hijo es traer a alguien nuestro a un mundo ajeno, y así hacer un poco más nuestro el mundo. 

Un hijo es el final de toda metafísica y el comienzo del pensamiento propiamente «físico». 

Un hijo te convierte en una especie de diosecillo, pero −¡ay ay ay!− sin omnipotencia, omnisciencia ni omnipresencia algunas.

Y yo no tengo experiencia. 


lunes, 6 de febrero de 2017

ODIAR EL PRESENTE



El reaccionario sitúa la perfección en el pasado (el paraíso perdido) y el revolucionario en el porvenir (la utopía). Si uno la data al comienzo del tiempo, el otro la sitúa en sus postrimerías. El presente o es un fruto en descomposición o está aún demasiado verde, pero nunca jamás en sazón. Hambrientos de ideal, ambos talantes desprecian a su modo la vida, aunque justifiquen su nostalgia o su esperanza alegando precisamente un amor excesivo a la vida: altruismo, humanismo, en fin, excusas surtidas.

El reaccionario suele ser viejo y el revolucionario joven. Ambos culpan al mundo —irreversiblemente degenerado ya o todavía imperfecto— de su propia insatisfacción, cuando en realidad ocurre todo lo contrario: es su personal insatisfacción la que degenera o imperfecciona el mundo, tan inocente o culpable como quiera uno declararlo. Necesitados de ilusión, no ven lo presente; ansiosos buscadores de trascendencia, son incapaces de cualquier inmanencia.

Aunque parezca tara exclusiva del revolucionario, tanto el uno como el otro son fervorosos creyentes del llamado progreso, sea en el sentido que sea: hacia atrás el nostálgico, hacia delante el esperanzado. Ambos son partidarios del aspaviento.

No parecemos capaces de entenderlo. Meneo, y no avance; convulsión, y no transformación: la historia no se dirige a parte alguna; no se desplaza, sencillamente se agita. Los dioses han muerto. No hay destino.

En su conjunto, la humanidad es algo así como un saco de lagartijas incapaz en su totalidad de avanzar en sentido alguno, pero igualmente incapaz de quietud. El único posible movimiento de cada lagartija pasa por pisarle la cabeza al reptil vecino para intentar trepar y trepar hasta —en el «mejor» de los casos— encaramarnos hasta la cima de un pegote frenético, ciego y colectivo que entonces parece postrado a nuestros pies.

viernes, 27 de enero de 2017

INTÉNTALO DE NUEVO. FRACASA MEJOR

«Sísifo» de José de Rivera.

«¡Qué bien se está donde no estamos nosotros!», dicen los rusos. «La hierba crece siempre más verde al otro lado de la alambrada», dicen los anglosajones. 

Aunque con variaciones, el síndrome humano de la no ubicuidad parece universal. A largo plazo, no hay mucho que uno pueda hacer al respecto: alcanzada cierta calma interior, tarde o temprano el síndrome siempre nos vuelve a atacar.

A menudo uno se fuerza a sí mismo mediante obligaciones y responsabilidad a combatir su carencia de cimientos y su errático anhelar. 

¿Pero acaso la vida en estado puro no es precisamente anhelar? Ese juego que no cesa. 

Beckett lo decía bien: «Por siempre intentarlo. Fracasar cada vez. No importa. Inténtalo de nuevo. Fracasa mejor.»



lunes, 23 de enero de 2017

EL SÚPER JESÚS GIL AMERICANO



Lamento coincidir con tanto papagayo como cacarea suelto por el corral mediático, pero tampoco a mí me huele nada bien el Elvis de la política. Y no es que sus rivales huelan mejor, obviamente, pero esa peste está probada y demostrada desde ya hace largo tiempo. 

Lo que la victoria de este über jesusgil americano parece indicar es que los grandes mercaderes han decidido dejar de untar a sus marionetas parlamentarias y tomar ellos mismos las riendas del Estado. «¡A tomar por saco con los intermediarios! ¿Para qué delegar en mañosos arribistas o mediocres de buena familia si podemos encargarnos nosotros mismos de la faena, tomar la batuta y dirigir personalmente la orquesta (mientras dejamos nuestros crecientes emporios en manos de familiares y allegados)? Será entretenido. También a nosotros nos gusta salir en la caja tonta. ¡Montaremos un esperpento aún mayor del ya montado! Y las masas terminarán tragando como siempre.»

En Europa, en cambio, aún nos andamos por lo que hoy tan certeramente llaman «puertas giratorias». El método  lleva siendo redondo demasiadas décadas, pero parece que ya empieza a tocar las narices al rebaño. El mecanismo es el siguiente: «Conviértete en el perro ambicioso adecuado para nuestros intereses y te financiamos la campaña electoral, os aupamos a ti y a tu jauría mediante nuestra poderosa plataforma de manipulación de las conciencias y creación de opinión pública (prensa escrita y audiovisual, novelas de aeropuerto y pseudoensayos ad hoc, libritos de autoayuda y autoengaño, películas, canciones, etc.) al tiempo que difamamos como apisonadoras a vuestros, ¡y nuestros, también nuestros!, adversarios. Haremos que ocupéis las poltronas parlamentarias para que os dediquéis a cuerpo de reyezuelos de temporada a defender nuestros intereses, mientras nuestros esbirros, voceros y escribas se encargan de noticiar sin cesar que estáis haciendo todo lo contrario, y cuando terminéis la faena de una o dos legislaturas os buscamos una sinecura de alto standing como justo pago a vuestros fieles servicios.» 

Eso, ya digo, es lo que aún ocurre aquí; pero los yanquis ya van un paso por delante y muy posiblemente vuelvan a dictar tendencia y sentencia, como es su costumbre desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

viernes, 20 de enero de 2017

AUTORRETRATO SIN ALPISTE


La prensa hoy dice entre líneas que al otro lado del charco los grandes mercachifles han dejado de untar a sus marionetas parlamentarias y finalmente han decidido ocupar los escaños ellos mismos.

Y que nosotros nosotrísimos les vamos a la zaga porque a este lado del charco aún nos andamos por las últimamente tan mentadas puertas giratorias. 

Los tiempos siempre está cambiando? (La carencia del signo interrogativo de apertura no se debe al teclado ni es reverencial o inconsciente anglicismo 

sino la transformación de lo que ha empezado siendo afirmación y duda paulatina mediante se me ha terminado haciendo pregunta).

Y a todo esto, venga a emporcarlo todo, cuerpos, mentes, charcos, tierra y aire, hasta la estratosfera estamos emporcando, muy pronto también otros astros.

Y venga a aumentar el número de primermundistas enganchados a la medicación trascendental, dopados de ansiolíticos y esterilizados libremente;

anabolizados por el día y drogados las noches findesemánidas, explotados de lunes a viernes (y eso con suerte) y ostrificados el resto del tiempo frente a nuestras pantallas;

incomunicados, aislados, individuados en masa, en las celdillas —sean en propiedad,  en alquiler o hipotecadas— de las colmenas urbanas; 

perfectos extraños para nuestros vecinos pero conectadísimos digitalmente por medio globo terráqueo con cientos, con millares de otros individuos igual de aislados en habitáculos dispersos por el muy ancho y lirondo mundo.

Al otro lado del charco, a éste y también a ambas orillas del otro gran charco, más grande, llamado Pacífico.

Ya sé por qué anhelamos encontrar vida extraterrestre. En el fondo nos olemos que semejante enemigo común tal vez sea la salvación...

¡Homines sapientes del mundo, unámonos! ¡Unámonos antes de que la muerte anímica en vida nos separe! De lo contrario parece que nos transformaremos en el planeta de los zombis.

Un buen comienzo será pedirles sal (y todos tenemos sal en casa, faltaría más, y la puerta de la nevera forrada con números de teléfono de establecimientos de comida rápida), 

perdirles sal —iba diciendoa mis vecinos.



domingo, 15 de enero de 2017

EL POETA EN GUERRA



Cedo la palabra Robinson Jeffers y traduzco la nota preliminar a su poemario Enfurécete con el sol y otros poemas, de 1941.—


Lamento la obsesión con la historia contemporánea que clava muchas de estas piezas al calendario, como mariposas a una cartulina. La poesía no es un monólogo íntimo, pero creo que tampoco un discurso público; y en general es lo peor para resultar oportuno. Por eso, hasta para prácticamente el último de los poemas escritos de este libro, fui en busca de un pescador solitario que vive en su cabaña bajo un acantilado, sin radio ni periódicos, sin amigos inteligentes, sólo pescado y güisqui. Eremita drogado, su mente debería haber estado tan libre de fechas como el océano, pero también él rompió a farfullar sobre asuntos públicos. Y le paré.

Sin embargo un hombre está en todo su derecho a expresar las opiniones propias, aunque sea en detrimento de sus poemas. La poesía debe representar la mente al completo; y si a la mente la ocupan en parte desgracias, mala suerte. Y de nada sirve dejar la poesía para cuando la tempestad haya cesado, porque a mi juicio ésta no ha hecho más que empezar: la calma que uno debe buscar es la del ojo del huracán.