martes, 18 de abril de 2017

DE JUERGA EN EL PIREO

Discóbolo de Mirón, siglo V a. C.

Las hijas de los patricios —dice un joven remero a sus compañeros de trirreme, y lo mismo diría cada uno de ellos, tras unas copas de más—, esas tristes ricuras, bien saben que los modelos de las estatuas oficiales no son sus fofos y degenerados hermanos, de sobra saben que quienes posamos para que sus artistas representen a los dioses y héroes de la aristocracia, somos nosotros, sus esclavos. ¡Damos fe de que lo saben!

miércoles, 12 de abril de 2017

TODA ENFERMEDAD ES MENTAL SALVO LA GONORREA



Cuando uno mira atrás es difícil no caer en la engañifa de ver un destino, un patrón, un sentido, un plan. Pero no. Se adentra uno entre las inmaculadas y móviles dunas de la vida y cuando el cansancio le para los pies y por fin se ve la soledad (en movimiento es imperceptible), uno empieza a necesitar reafirmarse, a justificar sus pasos, necesita uno calmarse. Y entonces vuelve atrás la vista y descubre sorprendido que había un camino… Así es como hoy el único destino nos parece ser el pasado, lo vivido, lo que nos hemos hecho. 

Pero aunque ahora hablemos de destino retrospectivo, continúa latiendo subrepticia la ladina creencia en el sentido, un sentido autoconferido. Pero no. La tragicomedia no tiene sentido. Y el uno mismo es una ficción útil, una mentira edificante, que en última instancia es un simulacro de divinidad personal. Buscarle sentido a algo es en el fondo temerlo y despreciarlo simultáneamente. O se abraza el absurdo o se niega la vida. 

Las ideas, por muy metafísicas que puedan parecer, se ajustan a nuestro estado de ánimo. Si me dieran ahora mismo el Nacional de Literatura, varios quilitos y un harem, mi Weltanschauung viraría en cuestión de horas a un sistema más leibniciano. Si me tocara bien tocada la lotería es posible que en breve terminara justificando, cándido de mí, la injusticia universal.  

Sea como sea, si todo es azar (el total fluir de Heráclito o el inocente y trágico devenir nietzscheano son expresiones de esa misma idea), ¿qué culpa tenemos tú y yo? ¿Por qué sufres, hipócrita lector, por qué sufrimos más de lo natural? 

Todo dolor es relativo. Baudelaire lo dice con retranca: Toda enfermedad es mental salvo la gonorrea. El problema no es el mundo. El problema está en nosotros mismos. El verdadero problema no es lo que uno tiene o no tiene, más o menos dinero, más o menos reconocimiento, más o menos sexo (los hay que tienen muchísimo menos de todo ello y sufren menos que tú y yo). ¿Acaso has estado satisfecho alguna vez en tu vida? La infancia y los momentos de éxtasis (místicos o sexuales, literarios o etcétera) no cuentan. Hablo de periodos, no de instantes o momentos. 

El vitalismo trágico viable, no el grandilocuente y megalómano, consiste en dar la batalla sin el anzuelo de la victoria. La victoria, además, es mentira; y por tanto también la derrota. Nadie gana ni pierde. Nada vence a nada. Todo es un mismo fluir. 

El más acuciante problema de media humanidad actual (y me incluyo, faltaría más) es que se siente fracasada. ¡Qué ilusos somos y hemos sido! ¿Qué nos habíamos creído que era esto? ¿Una fiesta? El universo, azaroso o no, la sociedad, el vecino, la parienta, no son los responsables de que nuestros delirios o ilusiones se malogren. La culpa fue del soñar. El veneno inicial fue la promesa del paraíso de las religiones monoteístas, que han asolado la dicha terrenal. 

Los asiáticos aún pueden ser felices. Tal vez también los africanos, afroamericanos y descendientes de las culturas precolombinas que no han sido contaminados por el cristianismo y por la posterior fe occidental en el progreso, la tecnología y el dinero. Nosotros, en cambio, me temo que ya no.

sábado, 25 de marzo de 2017

HELARTE POR EL ARTE

El bufón don Sebastián de Morra (1645), Velázquez.

Patente estetización de la política por medio del kitsch, con claros fines propagandísticos, a la par que subrepticia politización de la estética con fines igualmente propagandísticos. El arte (basura televisiva o El Quijote, Mozart o Los Beatles, Las Cuevas de Altamira o El Guernica), independientemente de sus creadores, casi siempre termina funcionando como mera publicidad —más obvia o sofisticada, para el caso es lo mismo— al servicio del establisment

Y los objetivos de toda propaganda política vienen siempre a ser los mismos: represión sonriente o “shiny happy people”, como cantaran los R. E. M.; policía de paisano o autoridad interiorizada; hierros invisibles o esclavitud elástica; en fin, domesticación no traumática, corrección política

Huxley decía que el grado mayor de esclavitud es la inconsciente y voluntaria. La estética, si en manos del poder político, va siempre indefectiblemente a parar a helarte por el arte

Así fue y así sigue siendo: Virgilio perdía el culo por el César, y Roma y la Cristiandad adoraron a Virgilio. 

Una mezcla de mayordomo y bufón, el artista.

domingo, 5 de marzo de 2017

NON SERVIAM!

Pintura rupestre de la Cueva Morella (Castellón).

Sólo nuestro narcisismo intelectual podía llevarnos a afirmar que la naturaleza imita al arte, previo paso por la afirmación contraria, igual de falaz y narcisa: el arte imita a la naturaleza. 

Es la cultura (los humanos que la conforman), y no la naturaleza, la que imita al arte. 

El arte, al hacernos primero mirar y después ver el mundo y a nosotros mismos bajo una luz distinta, nos propone modos de ser. Pero lo que cambia primeramente no es el mundo sino nuestro modo de concebirlo; es decir: nosotros mismos. El mundo, a efectos prácticos, no es ni más ni menos que nuestra concepción de la realidad.  

El arte parasita o transforma la cultura en la que se gesta, tal y como la mala hierba obstaculiza o imposibilita en sus inmediaciones el florecimiento de vida productiva, tal y como el árbol altera y reanima la tierra que lo sustenta.  

La incidencia social del arte casi siempre se debe a una de sus más claras características: su poder de seducción. (No otra cosa ocurre con la propaganda o la publicidad, que carecen en cambio de los atributos positivos del arte, valga como ejemplo su inservilidad.) 

Al igual que en los demás ámbitos humanos, el hombre en tanto que animal cultural sigue al hombre en tanto que animal creador. Muchos hombres, pues, siguen a algunos: en el ámbito social, a los verdaderos detentadores del poder o a sus representantes, sean de la calaña que sean; y en el privado, a los artistas, independientemente de su ralea. 

Toda obra de arte, incluidas aquellas al servicio del status quo, propone un modo de ser. A veces las propuestas son inauditas. Con el tiempo, algunas (en un tanto por ciento variable dependiente de factores tanto intrínsecos como extrínsecos a ellas) se asientan, se colectivizan y terminan fosilizando como nuevos componentes culturales, hasta que con el tiempo son a su vez desbancadas por nuevas propuestas. 

En principio esto no tiene nada de reprobable. El problema reside en la selección y promoción de obras, de modelos, de realidades posibles. El poder siempre apoya y pone a su servicio los discursos que le favorecen; el siglo XXI no es una excepción. Pero la característica más honrosa del arte sigue siendo no servir

El arte se crea y se destruye a sí mismo incesantemente, transformando, de paso, su entorno. Cuando deja de hacerlo, la actividad artística degenera, anunciando con ello el ocaso de la cultura a la que pertenece (y a la que en cierta mínima medida modela); pasando así a servir a los fines de ésta, y no a los suyos propios. 

A saber: el cuestionamiento y la regeneración permanentes de nuestra visión de mundo.  

sábado, 11 de febrero de 2017

LA MÁS SERIA EMBESTIDA AL EGO




Carente de experiencia, imagino la paternidad como un modo de quedarse más o menos y definitivamente tranquilo y ocupado. 

Me imagino que un hijo debe de proporcionar una dosis considerable de fuerza, de paraqué y sentido. 

Un hijo tal vez sea en realidad la única razón válida para amar en carne y hueso el mundo. 

Un hijo es la mayor ligazón posible a la Tierra, a la materia. 

Un hijo es la más grande responsabilidad a la vez que la mayor de las satisfacciones. 

Un hijo puede ser tanto una salvación definitiva  como una cadena perpetua. 

Un hijo es una amputación a la vez que la prolongación de nosotros mismos. 

Un hijo es la manera más radical de no tratar a otro humano como un igual, ya que éste es siempre para sus progenitores más o menos que ellos mismos. 

Un hijo es un querido incordio y el más efectivo de los antídotos contra la soledad y el vacío existencial. 

Un hijo es traer a alguien nuestro a un mundo ajeno, y así hacer un poco más nuestro el mundo. 

Un hijo es el final de toda metafísica y el comienzo del pensamiento propiamente «físico». 

Un hijo te convierte en una especie de diosecillo, pero −¡ay ay ay!− sin omnipotencia, omnisciencia ni omnipresencia algunas.

Y yo no tengo experiencia. 


lunes, 6 de febrero de 2017

ODIAR EL PRESENTE



El reaccionario sitúa la perfección en el pasado (el paraíso perdido) y el revolucionario en el porvenir (la utopía). Si uno la data al comienzo del tiempo, el otro la sitúa en sus postrimerías. El presente o es un fruto en descomposición o está aún demasiado verde, pero nunca jamás en sazón. Hambrientos de ideal, ambos talantes desprecian a su modo la vida, aunque justifiquen su nostalgia o su esperanza alegando precisamente un amor excesivo a la vida: altruismo, humanismo, en fin, excusas surtidas.

El reaccionario suele ser viejo y el revolucionario joven. Ambos culpan al mundo —irreversiblemente degenerado ya o todavía imperfecto— de su propia insatisfacción, cuando en realidad ocurre todo lo contrario: es su personal insatisfacción la que degenera o imperfecciona el mundo, tan inocente o culpable como quiera uno declararlo. Necesitados de ilusión, no ven lo presente; ansiosos buscadores de trascendencia, son incapaces de cualquier inmanencia.

Aunque parezca tara exclusiva del revolucionario, tanto el uno como el otro son fervorosos creyentes del llamado progreso, sea en el sentido que sea: hacia atrás el nostálgico, hacia delante el esperanzado. Ambos son partidarios del aspaviento.

No parecemos capaces de entenderlo. Meneo, y no avance; convulsión, y no transformación: la historia no se dirige a parte alguna; no se desplaza, sencillamente se agita. Los dioses han muerto. No hay destino.

En su conjunto, la humanidad es algo así como un saco de lagartijas incapaz en su totalidad de avanzar en sentido alguno, pero igualmente incapaz de quietud. El único posible movimiento de cada lagartija pasa por pisarle la cabeza al reptil vecino para intentar trepar y trepar hasta —en el «mejor» de los casos— encaramarnos hasta la cima de un pegote frenético, ciego y colectivo que entonces parece postrado a nuestros pies.

viernes, 27 de enero de 2017

INTÉNTALO DE NUEVO. FRACASA MEJOR

«Sísifo» de José de Rivera.

«¡Qué bien se está donde no estamos nosotros!», dicen los rusos. «La hierba crece siempre más verde al otro lado de la alambrada», dicen los anglosajones. 

Aunque con variaciones, el síndrome humano de la no ubicuidad parece universal. A largo plazo, no hay mucho que uno pueda hacer al respecto: alcanzada cierta calma interior, tarde o temprano el síndrome siempre nos vuelve a atacar.

A menudo uno se fuerza a sí mismo mediante obligaciones y responsabilidad a combatir su carencia de cimientos y su errático anhelar. 

¿Pero acaso la vida en estado puro no es precisamente anhelar? Ese juego que no cesa. 

Beckett lo decía bien: «Por siempre intentarlo. Fracasar cada vez. No importa. Inténtalo de nuevo. Fracasa mejor.»